Desde épocas remotas se ha recurrido a los efectos medicinales de numerosas plantas y hierbas. Una de ellas es la caléndula o calendula officinalis. También conocida como maravilla, flamenquilla o flor de difunto, esta herbácea, que alcanza poco más de medio metro de altura, procede del sur de Europa y de Oriente Próximo, aunque su facilidad de adaptación a todo tipo de condiciones ha facilitado su expansión por todos los continentes como planta silvestre. Su nombre procede del latín 'calendas', que hace referencia al primer día del mes, ya que sus flores, si las condiciones climáticas no son muy rigurosas, pueden surgir todos los meses. Las encontramos en tonos amarillos y anaranjados, se abren al amanecer y permanecen cerradas durante la noche. Tradicionalmente, se hacían guirnaldas con ella y se colocaban a las puertas de las casas, ya que, según la superstición, ahuyentaba las enfermedades.
Con propiedades antiinflamatorias y antisépticas, es el ingrediente principal de lociones y aceites que se utilizan en quemaduras y picaduras. Su uso más extendido, que ya se conocía en el Antiguo Egipto, es como remedio para diversas afecciones cutáneas, como el acné o, simplemente, como hidratante de la piel. Asimismo, es eficaz para reducir las afecciones reumáticas.
Como infusión, está indicada en caso de indigestión, úlceras, gastritis y vómitos, así como para regular la menstruación. Lavarse los ojos con agua de caléndula es efectivo en caso de conjuntivitis.
Además, también se utiliza en la cocina. En quesos y otros platos se añadía como colorante, así como para aportar aroma a diversos guisos. Antiguamente, también se añadían los pétalos de las flores a ensaladas, aunque su sabor era excesivamente fuerte.
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